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Los Caballeros Teutonicos

El origen de Alemania se remonta a la coronación de Carlomagno como Santo Emperador Romano en el 800. Tras su muerte, el imperio se dividió en tres partes que gradualmente se fundieron en dos: el reino franco del oeste, que se convirtió en Francia, y el reino franco del este, que llegó a ser Alemania. El título de Santo Emperador Romano permaneció en la familia de Carlomagno hasta extinguirse junto con su descendencia en el siglo X. En el 919, Enrique, Duque de Sajonia, fue elegido rey de Alemania por sus pares los duques. Su hijo Otón I se convirtió en emperador en el 962.

El Santo Imperio Romano sobre el que reinaba Otón I se extendía desde las llanuras germanas hasta el Báltico por el norte; hasta parte de la actual Polonia por el este; y a través de Suiza, Austria y el norte de Italia, en dirección sur. Desde el principio, los emperadores tuvieron dificultades para mantener el control de dos regiones tan dispares como Alemania e Italia, separadas por los Alpes.

Al principio el Santo Imperio Romano tuvo éxito porque beneficiaba a sus miembros principales, Alemania e Italia. El imperio protegió al papado y permitió que las ciudades-estado italianas iniciaran su crecimiento.

 

Los guerreros germanos tenían una excelente preparación, ya que Alemania estaba constituida por una serie de principados independientes en continua disputa. Los soldados germanos más famosos eran los Caballeros Teutónicos, una orden religiosa de guerreros inspirados por las cruzadas.

Una confrontación entre los emperadores y la Iglesia sobre la investidura de los obispos debilitó a los emperadores de Alemania e Italia. Durante los periodos de temporal excomunión del emperador y de guerra abierta a Roma, la autoridad imperial desapareció. Los príncipes germanos locales consolidaron sus propiedades y lucharon contra los vikingos sin interferencia ni ayuda del emperador. En Italia, las crecientes ciudades-estado se unieron para formar la Liga Lombarda y se negaron a reconocer al emperador.

El poder político de Italia y Alemania pasó del emperador a los príncipes locales y a las ciudades. Los príncipes germanos sólo se preocupaban de sus propias tierras. Estos hombres, pensaban, al igual que los sarracenos, que morir luchando en la batalla era la mejor forma de encontrarse con Dios.

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